viernes, 6 de febrero de 2015

Un poco de frivolidad para estos tiempos revueltos

      Lo reconozco. Soy de esas mujeres que cuando tienen un evento (y con ello incluyo una cena en casa), se devana los sesos por la problemática universal, y tirando a femenina, del «qué narices ponerme si no tengo nada».


      Y eso me lleva a pensar en la suerte que tengo de trabajar en pijama. La de migrañas que me ahorra y gasto en trapos varios, que ya de por sí es insultante.
      Reconozco que cuando empecé en esta profesión y era una veinteañera presumida, me daba un poco de envidia compartir vagón de tren con gente que iba con modelazos a la oficina y me decía a mí misma que me había equivocado de profesión, que yo tenía armario para lucirme. Pero ahora, con unos añitos más, y más liada que Arturo Valls, me alegro infinito de todos las tardes calzarme mi pijamita y ¡al tajo!



     Hasta reconozco que algunos días repito la indumentaria con la que iba el día anterior… ¡Esperad, no dejéis de leer y me cataloguéis de cochinaza! Pensad que hay días en que me visto, salgo de casa, cojo el coche, subo a la planta y me quito la ropa (30 minutos) y la misma cansina secuencia para volver. En total una hora… si lo piensas bien, podría repetir modelo una semana entera e iba más limpita que muchos.
     Lo de que me quito, me pongo, y me vuelvo a quitar es de lo más aburrido e incómodo. «Una no puede ir bien peinada nunca»… al menos tengo que dar las gracias a la época que me ha tocado vivir por no tener que llevar cofia, “el mata volúmenes capilares”.
       ¡Porque mira que ha cambiado nuestro uniforme! De faldita tipo peto y cofia, a pantalón y chaqueta estilo… no hay estilo alguno, es horrible, pero cómodo; excepto cuando te toca un pantalón más ajustado de lo que la talla expone o una chaqueta con botones rotos; pero haciendo gala de la improvisación que nos caracteriza, gastamos esparadrapo para hacer los usos del extraviado botón, y nos pasamos el turno preocupados porque el esparadrapo no se despegue.¡¡Lo que no invente una enfermera!!O mejor: ¡¡lo que no se pueda conseguir con un poco de esparadrapo!!

     Porque al que no lo sepa, en mi hospital compartimos pijamas. Todo es de todos… qué bonito y qué mal nos llevamos, ¡leche! Tú cuando crees que has usado tu pijama suficiente (en ese tema prefiero no ahondar), lo echas a la tolva y pides otro a una maquina muy chula que no entiende de géneros ni de escrúpulos. Es por eso que te puede tocar uno más corto de pierna, o arrugado como un chándal de los ochenta, o estrecho tipo leggins o amplio como un rapero. Pero que yo me lo pongo, me quede como me quede, sin recatos, ni cursilerías, ni frivolidades. Y pienso: Irene vas a salvar vidas, qué más dará cómo vaya vestida, cabeza alta.


     Esta entrada os puede quitar los miedos a los que no sois sanitarios y vais al hospital. Si os aburrís o sentís por nosotros lo mismo que los ricos hacia los inspectores de hacienda, fijaos en cómo nos sientan los pijamas, es lo más parecido a pasarela Cibeles que te puedas imaginar. Nos faltan los accesorios ( la teoría dice que no debemos llevar, subrayo la teoría), porque las transparencias están a la orden del día; los pijamas de tanto lavarlos pierden espesor, por eso es raro no conocer al dedillo la ropa interior de tus compañeros.
      Nuestros uniformes se lavan a altas temperaturas para desinfectarlos, desratizarlos, despiojarlos, y todos los «des» que se os ocurran. Aunque yo últimamente, aludiendo a mi entrada anterior de la gripe, estoy empezando a creer que deberían lavarlos menos. Que nuestros pijamas crean su propio ecosistema. El estafilococo, la kleibsella, el rotavirus, etc.., campan a sus anchas luchando por hacerse los reyes del pijama y se olvidan de invadirnos a nosotros. Dadle alguna vuelta que igual de aquí sale mi premio nobel.
     Hay quien a pesar de todo, innova y dobla las mangas, o va con la camiseta del pijama desabrochada y por debajo envuelta en una camiseta ajus/escotada para que todos disfrutemos de sus prótesis (o no, pero a mí me da que sí). Si trabajáis en mi hospital os vendrá alguien a la mente… El antes muerte que sencilla hay gente que lo lleva a límites cuestionables.
Y ahora os tengo que dejar, tengo una cena esta noche con mis compañeras de pijama y como no nos vemos nunca con ropa, he de esmerarme.

    PD: Crimen se escribe con A ya está en todas (o algunas) librerías. Contádselo a todos vuestros amigos, que me piten los oídos, cualquier cosa que se os ocurra para que esta peculiar novela le llegue a mucha gente. Os necesito.

http://www.amazon.es/Crimen-escribe-Irene-Fern%C3%A1ndez-Bl%C3%A1zquez/dp/8494321455

4 comentarios:

  1. Mucha mierda con el libro :)

    Me encantan tus anécdotas y forma de narrarlas. En el hospi donde curraba te daban dos pijamas (o al menos a mí como sustituta me dieron dos) y hala, los lavas tú en casa. Eso sí, no te olvides de devolverlos cuando acabe el contrato. Eran como sacos, más tiesos y recios que todas las cosas.

    Nos leemos :)

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  2. Me encanta. En mi hospital funciona como el tuyo, ...cuando esta sucio, lo tiras a lavar y la preciosa maquita de la primera revolucion inductrial te da una "limpia" o eso esperas, más corta o másblarga, más estrecha o más ancha.
    Recientemente han traido nuevos uniformes y cuando los han etiquetado se han equivocado, nadie me lo ha confirmado para solo hace falta verlo, y tienen una talla más,...hala...asi que al llegar a trabajar rezo para que me toquen de los viejos y descastados, que por cierto, son más cómodos y no estan tan tiesos!!

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  3. ¡Los viejos son los mejores! Tan suavecitos, y flexibles... Los nuevos son sacos de hormigón, como dice Isi LPP, papel de lija.
    Un beso y gracias por comentar!!

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  4. Aqui en Asturias igual...palabra por palabra. Solo un detalle para Nagori. No estan mal tallados. Es que aun no han encogido.
    Besos

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