viernes, 6 de diciembre de 2019

¿Os lo lleváis a casa?


         Hace unos días llevé a una octogenaria de lo más salao, entre otras cosas porque en UCI, muy de vez en cuando, se agradece que los pacientes no estén intubados y puedan hablar (emoticono del guiño, es una bromita).


         
          La abuelita (la llamo así porque de verdad tenía nietos) mientras la aseábamos, nos hizo un resumen fantástico de su vida, (no fue espontáneo, llevo una entrevistadora dentro de mí, te lo aviso por si alguna vez me cruzo contigo, soy capaz, sin que te enteres, de sonsacarte cualquier dato, no suelo preguntar por claves, pero me las darías).


         Llevaba cincuenta y cinco años casada, él era ocho años mayor que ella, pero muy buen mozo. Tenía varios hijos: una que había trabajado en una empresa y ahora estaba en paro, otra que era trabajadora social, y un chico. También me contó que su nieto no usaba pantalones tobilleros, que él iba de traje (no todos los datos que extraigo son jalea real), dos nietas que estudiaban trabajo social y una que, y ahora viene lo importante, que estudiaba, ¿adivináis qué?, chantatachan: 
      ¡¡¡Enfermería!!, ¡¡síiiiii!!
         A las doce pueden pasar las familias y como me esperaba, pude poner cara a todos (menos al que no usa tobilleros), porque fue la ganadora en visitas. Una mujer tan resalá no se merecía menos (de verdad que era puro amor la señora).
         Y entonces (lo que me enrollo, madre santa), vino el padre de la que estudia enfermería y, casualmente, nos pusimos a hablar. El hombre me contó que lo de su hija no era vocacional, y estaba un poco preocupado porque había escuchado que la rama sanitaria era siempre vocacional, le tranquilicé admitiéndole que entonces ya estábamos su hija y yo, porque esta servidora hasta que no obtuvo su nota de selectividad no supo qué elegir.
         Pero no se quedó tranquilo, había algo más, lo notaba y como buena entrevistadora en dos preguntas más lo averigüé. El padre se consideraba un hedonista puro y me dijo que había educado a su hija para que fuera muy feliz y le preocupaba que "se lo llevara a casa".
         —Aquí verás cosas tremendas, ¿no te lo llevas a casa? —me preguntó.
         ¡Uffff! Se me vinieron muchas caras de pacientes que se han venido conmigo al quitarme el pijama pero...
         —No suelo. Cuando sales de aquí tienes tu otra vida, muchas cosas que hacer y normalmente me olvido.
         —Pero a mí me preocupa el inconsciente, el que mi hija, sin buscarlo, yo que sé, haciendo la cena, de repente se acuerde de algún paciente y sufra, aunque solo sea un minuto.
         —Te entiendo, pero todos pensamos en nuestro trabajo de vez en cuando, es imposible separar del todo —le contesté—, pero te puedo contar que a veces aquí, dentro de la unidad, llora hasta el apuntador por alguna tragedia, pero luego, a la hora, nos vamos a comer y estamos riéndonos. Porque nos quitamos el pijama y nos evadimos, por muy cruel que te suene.


         
        —Pero entonces, cuando menos te lo esperas, en casa, ¿no te vuelves a acordar del tema?
         —Sí, puede, pero no en plan mal. A ver, es que no sé cómo explicarlo. Te prometo que yo soy alguien muy sensible, pero creo que el ser humano tiende a intentar ayudar cuando ocurre una tragedia. Lo vemos continuamente en las noticias cuando hay catástrofes o acuérdate del niño que cayó al pozo. Creo que nuestra inquietud se calma cuando podemos echar un cable, y eso hacemos aquí, intentamos proteger a la persona de la tragedia. Y te aseguro que se hace de todo, no se escatima, a veces hasta nos pasamos, esto es una línea bastante subjetiva, pero te diría que cortos no nos quedamos, por lo menos aquí.
         ¿Qué opináis?
         Y os pregunto porque le he dado varias vueltas al tema en estos días y no sé porqué alguien como yo, que llora escuchando Malo de Bebé, no suelo llevarme los dramas a casa. Y que conste que en la UCI, en dos años he llorado más que en el resto de mi vida profesional, pero dentro de la UCI. Luego salgo y sí, me puedo acordar, y me puede dar pena, pero no me deprime, no para necesitar tratarlo, como temía ese padre, que imaginaba a su hija tomando antidepresivos.


       
         ¿Os lleváis a casa a vuestros pacientes? ¿Y si lo hacéis, os deprime?
         Obvio que cuando un paciente te toca te acuerdas, pero en mi caso, es raro que me afecte en mi vida personal, y creo que es por lo que antes he explicado, mi conciencia está tranquila, porque estamos trabajando para él y si no se puede hacer nada, al menos hablas con la familia y les ofreces consuelo (esto es un decir, yo soy horrorosa, porque les veo llorar y se me instala el desagradable nudo en la garganta y o lloro o no puedo ni respirar).
         Creo que también se debe al ritmo que llevamos. Es un trabajo, y hay vida después de él. Las pocas horas libres de las que disponemos las tenemos tan ocupadas que la mente está en el aquí y en el ahora y se olvida de lo de antes.
         Y si alguien se lo pregunta a mí, por lo menos a mí, no me dieron ninguna asignatura en la universidad que tratara sobre esto.
         Estoy un poco perdida, como veis, pero yo solo puedo hablar de mi experiencia y es esta, no me suelo llevar los dramas a casa y si se vienen no me deprimen. Por lo menos por ahora.
         No trabajo con niños, ni en oncología, creo que no podría, pero conozco a gente y está encantada...
         Tampoco soy médico y una de las razones por la que no elegí medicina, es esa, que quizás las decisiones que ellos toman sí que te pesan como para no poder quitártelas con el pijama.
         En la enfermería mis decisiones tratan sobre el cuidado, y el cuidado está directamente relacionado con la ayuda, con paliar, con la protección. Ahí lo dejo. No me extiendo más.
         Ahora os toca a vosotros.
         Os quiero escuchar compañeros.
         ¿Os lo lleváis a casa?
         ¿Soy un tempanito?



PD: ya sé que todos os habéis quedado en la imagen de la enfermera sentada con el pijama en su sillón y estáis pensando qué cochinada. Yo también.

PD (bis): lo que sí os tenéis que llevar a casa es alguno de mis libros que son perfectos para alegrar las cabezas.
        
        
        
        
        
        
        
        

lunes, 20 de mayo de 2019

"La OPE ya cayó, oh, oh, oh..."


          A todos aquellos opositores:

         Imaginadme como vuestra madre cuando os caíais e ibais llorando a sus brazos por mero susto, no por dolor, y ella os abrazaba y os consolaba diciéndoos : ya pasó, schhhh, ya pasó.
         ¡Sorpresa! Esa, hoy, soy yo.
         Chicos... ¡Ya pasó! Schhh (y subrayo este "schhhh" para que dejéis el temita ya que estamos empachados, no os diré más que Amazon ha dejado de hacer escuchas en casas de enfermeras de puro aburrimiento).





         Más de un año de nervios, de fechas, de posibilidades, de buscar apuntes, de ver que tus compañeros van a tope y a ti no te la da vida, de apuntarse a carísimas academias (que cuestan más al mes que las entradas de todos los musicales de la Gran Vía).
         Más de un año de estudiar escalas, vacunas y leyes (a mí estas tres me dan mucho más susto que el tripartirto o la foto de Colón y ya es decir).
         Más de un año de quedarse en casa y ver desde tu ventana (quien dice ventana, dice móvil, la ventana tecnológica), que la vida de tu gente sigue y tú te la estás perdiendo. De decir que no a planes estupendos porque tienes que... estudiar y tus amigos "civiles" te miran con cara rara y ves que piensan "pero si está muy mayor para estudiar, ¿no tenía carrera ya?".
         Más de un año de hacer test, simulacros y perderse todas las series que lo están petando. De no saber que es GoT y volverse loco pensando que hablan de una enzima hepática. De ganar unos kilitos porque por mucho que digan algunos estudios de la universidad de Sri Lanka: estudiar, amigos, no adelgaza. Tampoco ayuda hincharse a chocolate y gominolas para pasar el trance.
         En definitiva: más de un año de esfuerzo para lograr una plaza en sanidad mientras que trabajas y convives con tu familia. Se dice pronto... pero no. Ha debido de ser muy duro. Así que desde mi ordenador os digo una cosa: ¡compañeros, sois unos cracks!
         Y... ¿qué vais a hacer ahora?
         Pues lamento deciros que el temita sigue... porque ahora llega el estrés de dimes y diretes, de que tu compañera con contactos te perjura en hebreo que mañana sale la nota de corte (al igual que la semana pasada), que la otra asegura que se va a quedar en 65, que alguien conoce a una con un diez, que los sindicatos creen que van a ampliar plazas, que otros sindicatos quieren impugnar el examen al completo... los nervios y el insomnio compartirán taquilla contigo.
         Y tendréis que echar papeles, para postre. Ya veréis qué divertido. Os surgirán miles de dudas, como si no hubieseis echado papeles nunca (¡ja!), pero aquí te juegas mucho más y quieres que te cuente hasta el graduado escolar. Veréis qué de bulos (las "fake news enfermeriles"). No os desvelo ninguno, os dejo que los disfrutéis en su momento.
         Y si al final llegáis a la meta y sois afortunados, eso ya es la bomba. Vais a olvidaros de dormir más o menos un mes. Porque tu vida va a cambiar de turno, de hospital, de planilla, de servicio y de compañeros de un día para otro. Habrá quien lo digiera mejor que la leche sin lactosa pero a otros, como yo, se nos forma una bola que no hay ácido clorhídrico en el mundo que la deshaga.

             Clica aquí sin miedo y verás...
         

       Por todo esto, os repito, como un mantra... ya pasó, chicos. Si queréis os lo cantó: "La Ope ya cayó, ohhh, ohhh, solo quedó la alegría". Espero que quedéis mejor que en Eurovisión y os llevéis muchos "twelve points", a pesar de que nuestro representante en Israel lo hizo muy bien, pero como la OPE misma, a veces, a pesar del esfuerzo, no se obtienen los resultados merecidos.

         Por todo esto os digo: recuperad vuestra vida y mejoradla. A viajar, enchufaros todas las series perdidas, no entréis en casa, quedad con los amigos que apartasteis hace un año por los apuntes y... (ahora viene lo bueno): ¡A leer!
        




¿Y qué mejor que leer a una compañera que tiene un montón de libros de todos los colores, tipos, y sabores?




         Os invito (es un decir, los libros hay que comprarlos, pero son baratitos), a conocerme. Os vais a divertir. Escribo fresquito y para todos los públicos. Si os gusta el misterio, los giros, las sorpresas y la comedia romántica soy toda vuestra.


         Pero sobre todos, amigos, disfrutad, porque (os prometo que resuena ahora como un taladro en mi cabeza "la OPE ya cayó, oh, oh, oh...).
         Mi más sincera enhorabuena.



         POSDATA: Los expertos recomiendan un paseíto por la feria del libro de Madrid estos días que va a hacer bueno.




        



domingo, 10 de febrero de 2019

NOCHES DE UCI

            Segunda noche. 4.30 de la mañana. Cuerpos cansados. Piernas en alto en sillas y sillones.
            Suena el teléfono. El corazón se nos sale por la boca del susto. Esther lo coge. La escuchamos:


     
            —No sabíamos nada de un ingreso... —conmoción generalizada—. Vale...
            No nos hace falta hablar. Se nos complicó la noche y nadie nos había avisado. Muy mal. Comenzamos a prepararnos. Toñi mueve los sillones más rápido que un profesional de las mudanzas.
            Veinte segundos después, Verónica dice asustada:
            —Ya están ahí...
            Se abre la puerta de la UCI y entran cinco SAMUR y un paciente en camilla invadiendo nuestra unidad.



           
         Nos faltó cubrirnos a lo Robbie. Nuestros ojos de corderito degollado no podían ni asimilar lo que el SAMUR nos contaba de paciente secundario, pero entre todas bloqueamos, inconscientemente, su acceso.

            

       —Llama al médico —dije yo con voz de ultratumba y más enfadada que un comentarista de GH.
            Esther regresa al teléfono.
            —Oye, Deme —el intensivista—. Está aquí el Samur con un ingreso...—Entonces la escuchamos decir aliviada la frase más bonita de esa noche—: ¡Ah! !Es a la coronaria!

            Samur que se disculpa por su interrupción. Ahora sí todas reímos. Toñi recoloca los sillones. Piernas en alto. Bromitas repitiendo la jugada. Final feliz (menos para los de la coronaria).



jueves, 8 de noviembre de 2018

Luna os cuenta:

Hola amigos!!
Hoy os traigo un experimento. He publicado en mi canal de youtube un podcast de Luna leyendo las primeras páginas de su historia.
¿Os apetece escucharla?

https://www.youtube.com/watch?v=Uqm6v_g9FxA&t=9s

lunes, 29 de octubre de 2018

Al barro, que ya iba tocando...




         Suelo servirme de ejemplos para explicar muchas cosas de las que me rodean, es mucho más sencillo que dar teoría a secas, y algo que nos rodea sí o sí, son los móviles.
         No creo que a nadie le cueste entenderme cuando digo, lo suelo usar, que nací sin varias aplicaciones en mi cabeza. Os hago la lista de las que me faltan por completo:
         -El GPS.
         -La agenda que te avisa de los cumpleaños.
         -Alguna que tenga que ver con el orden.
         Venga, haced reflexión, ¿sois perfectos? ¿Admitís que os falta alguna?
         Hay veces que algunas aplicaciones con las que sí nací se me descalibran y tengo que resetearlas porque me dan problemas:
         -Mi nivel de batería (que viene a ser la intensidad con la que a veces me tomo las cosas).
         -Mi linterna (porque a veces voy a ciegas y sin frenos cuando me arranco).
         Pero en lo que yo nunca había reparado y hoy sí lo voy a hacer (que me perdone Dios) es que puede que cuando yo considero que alguien nació sin alguna aplicación más bien sea que la suya sea Android y la mía IOS.
         Me explico, para ser más claritos. Vamos a hablar de la aplicación: SER JUSTOS.
         Y os pongo un ejemplo por poner.


        
        Imaginad que en el servicio en el que trabajo se obliga a hacer un curso para el personal de enfermería en dos días con la premisa que debe ser en tus días libres sí o sí. Imaginad que te apuntas los días que puedes y asistes al curso, que ya te "jode" perder tus amados y escasos "L" en volver al hospital, pero eres un corderito y ni te lo piensas (quizás porque el día que te apuntaste la linterna no la tenías funcionante).
         Cuando te quieres dar cuenta ese mismo curso lo han hecho compañeros tuyos en su jornada de trabajo porque quién dictó las premisas anteriores sobre la marcha estima que sí que pueden salir "algunos" y así no perder sus días libres.
         Y es ahí cuando mi sistema operativo se calienta y mi aplicación de SER JUSTO se activa con un pitido en mis oídos de los más molesto.
         Pero como a quien dictó las normas ya le voy conociendo no me hace falta preguntarle para escuchar su respuesta, me imagino que sería algo parecido a esto (conste en acta que me lo saco de la manga, pero algo me dice que van por ahí los tiros):
         «¿No te puedes alegrar porque tus compañeros no tengan que perder sus días libres como has hecho tú?»
         Y sí, podría, pero yo soy IOS y tú ANDROID. Y es ahí, donde me quiero quedar y hacer mi reflexión. Quizás sí que sea justo y yo no sea capaz de verlo porque mi sistema y el suyo son enemigos íntimos y están diseñados para elegir lo contrario y por muchas vueltas que le demos no nacimos para entendernos. Quizás donde yo veo carencia es diferencia.


         ¿Se me ha entendido?
         ¿Qué opináis?
         ¿Sois IOS? ¿Android? ¿Os falta alguna aplicación a vosotros o a los que os rodean?
         Después de este ejercicio de reflexión para calmar las alarmas de mi móvil mental y seguir mi día a día feliz y cordera, me quedo con dos conclusiones:
         1)¿Por qué no inventan una aplicación "SER JUSTOS" objetiva y nos las descargan gratuitamente a todos para hacernos la vida más fácil?
         2) La próxima vez reviso mi linterna antes de apuntarme a nada (si ya lo barruntaba la Nightingale...).



viernes, 19 de octubre de 2018

Ratio enfermero-paciente suspenso.


         
         —Perdona...
         (Cinco minutos después)
         —Perdonaa...
         (Siete minutos después)
         —Perdonaaa —al fin consigues que el camarero te mire—¿me traes la cuenta?


         Te vas del bar un cuarto de hora después con un cabreo histórico jurando en hebreo que no vas a volver porque no has recibido el trato que mereces y que has pagado.
         ¿Habéis vivido alguna vez esta escena? Seguro que sí, se repite mucho, es España cada vez nos gusta más apurar en personal. Pero permitidme enviarle "a los que mandan" un tópico de toda la vida para ver si así lo entienden: una cosa es una cosa y otra es mucho distinta... En Sanidad no por favor, estamos hablando de vidas, de nuestras vidas.


        
        Según datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), en la UE, la ratio de enfermeras por cada 1.000 habitantes es de 8,8, mientras que en nuestro país es de 5,3. Solo cuatro países de la UE tienen menos enfermeras que España: Bulgaria, Chipre, Grecia y Estonia.
         ¿Qué conlleva esto? Fácil... RIESGO.
         Que haya menos enfermeros aumenta la morbi-mortalidad, no lo digo yo, lo aseguran multitud de estudios y de expertos, y repito estamos hablando de vidas, de nuestras vidas.
         Por no hablar de las cargas de trabajo de los profesionales, cada vez hay más estrés laboral. Pero, ¿y si miramos al otro lado?, en la otra orilla los usuarios también se muestran más estresados, insatisfechos y desbordados tanto que hasta llegan a agredir al personal sanitario (asunto injustificable pero cada vez más actual).
         Me harté de escribirlo en este blog cuando trabajaba en una planta y tenía más contacto con las familias, en bastantes ocasiones el trato era hostil, la gente venía muy enfadada y desconfiaba de todo, posiblemente motivados porque ya habían ingresado otras veces y no se habían sentido satisfechos (evidentemente hay gente que se va agradecida y feliz, menos mal).
         ¿Tú volverías a ese bar en el que  hay días que los camareros van con prisa y te atienden tarde y acelerados por muy rica que esté la comida?
         No, verdad.
         Pues aquí no nos queda otra.
         Los que llevamos ya tiempo trabajando en esto no vemos que la cosa mejore, todo lo contrario, la sensación es que va a peor, las bajas se cubren mal y tarde. La frase "hoy somos una menos" se repite con mucha más asiduidad de lo que debería, el ritmo en el turno es extenuante porque además de ser menos personal cada vez se nos exige más (asunto divertido porque generalmente las nuevas tareas se inventan por la seguridad del paciente"). Que no digo yo, que no soy una experta en adhesivos, que poner pegatinas de colores evite que me equivoque pero lo que sí que te aseguro es que me quita tiempo. O que rellenar mil escalas asegure el buen cuidado de tu enfermo, pero el medio turno que te pasas al ordenador se lo quitas a él.
         Si tuvieras que contratar seguridad para tu casa porque hay un sin fin de robos en tu zona, ¿a quién lo harías?, ¿a un vigilante que transita de pascuas a ramos porque circula por toda la urbanización o a varios? Los enfermeros somos los que estamos las veinticuatro horas con los pacientes, invertir en nosotros es hacerlo en seguridad, en seguridad de calidad, porque para eso nos hemos formado, creo que no debe de ser muy difícil de entender. Somos como el mejor guardia en el que se puede confiar para vigilar la salud de los usuarios. ¿No creéis?


         ¿Por qué he puesto el ejemplo al inicio del camarero? Porque yo misma, en alguna ocasión, he bajado el cuello y me he hecho la sorda cuando me llamaban puesto que no daba abasto, es lamentable reconocerlo, pero si te abordan por mil sitios a todos no puedes responder, por lo menos bien, o por lo menos yo.
         Y yo casi siempre he trabajado en público, pero lo de la privada... eso es peor que el Primark. Allí no hay ratio enfermera- paciente, allí se mide el enfermero-kilómetro o eso nos cuentan los que trabajan en muchos hospitales y residencias privadas y parecen historias de terror.
         Nada más que añadir, solo que espero, confío y deseo que este estudio se entienda bien y decidan apostar por la salud. La salud de nuestras vidas. Más enfermeros no debería ser una utopía, debería ser una realidad.

sábado, 6 de octubre de 2018

EL PUTO ERROR AL ACECHO




         No se me va de la cabeza, ni creo que a nadie... la noticia de esta semana, la trágica noticia. Esa que si saliese un duende de una lámpara y me concediera tres deseos uno de ellos sería echar el tiempo para atrás y volver a la mañana del miércoles e impedir que ese hombre se despistara.
         No se me va de la cabeza, ni creo que a nadie... el error, siempre al acecho, porque somos personas y ya se sabe que imperfectos y ya se sabe que todos cometemos errores, y ya se sabe que todavía hay gente que se cree a salvo.
         Pero no. Yo llevo estos días mirando a mi pequeña con más dulzura, amor y cuidado que otras veces, porque se me ha colado en el alma y le pido al cielo que los errores que yo cometa con ella, porque los cometeré, no sean tan tremendos. Subrayo: nadie está a salvo.
         Vivimos "en prisa", ya no "deprisa", nos hemos superado, la urgencia ya viene en nuestros genes, nada más despertar ya corremos, hasta de vacaciones nos estresamos. No me puedo imaginar lo que es llevar a cuatro niños a sus respectivos colegios, ese amanecer, ese desayuno, ese prepara las mochilas, móntate en el coche, devuélvele el juguete a tu hermano, no os peguéis, bla, bla, bla... Y si me puedo imaginar (habrá quien no, pero yo sí) que te suena el teléfono, que tu hija se ha quedado calladita en su silla y te despistas y te crees que ya la has llevado a su guardería, como ayer y antes de ayer...
         Y no se me va de la cabeza esa niña ahí... ni a esos padres cuando descubrieron el puto error que ha destrozado sus vidas.
         No hay palabras de consuelo para esa familia y menos para ese hombre. Yo solo puedo decir que le ha tocado a él, que ese día el error andaba al acecho y se aprovechó de su despiste, que "gracias" a él va a ser difícil que esto vuelva a suceder en España durante unos años y que esa niña quizás salve a algunos otros. Pero que errores cometemos todos y aunque este haya acarreado la peor consecuencia nadie se equivoca queriendo y menos con tus propios hijos.
         Trabajo en un hospital y se mete la pata y claro que hay despistes. El miedo que se siente cuando te das cuenta de que te has equivocado no se lo deseo a nadie, te tiembla el cuerpo por dentro porque hablamos de la vida de otro que está en tus manos. Y nadie quiere errar pero sucede. Yo lo admito, hay quien no.
         Padre de esa niña, yo te entiendo y te envío todo mi apoyo, que de nada te sirve, pero te lo envío porque no eres perfecto y te ha tocado a ti el castigo más cruel que se pueda imaginar. Espero que tu familia te arrope y sepa comprenderlo. Muchos lo hacemos. A los que no, por favor, respetad su dolor y dejaros de maldecir en redes, rezad porque cuando el error vuelva al acecho no se cebe con vosotros.
     
                                 DESCANSA EN PAZ, PEQUEÑA




sábado, 29 de septiembre de 2018

LUNA PARA DOS (o para el que quiera leerla)


         En estos tiempos convulsos para la enfermería (y cuando no es Pascua en Domingo), se me ocurre a mí publicar un libro.
         Sí, tiempos muy desagradables, en los que se ha valorado nuestro trabajo con una vara de medir envenenada. Me refiero a la carrera profesional, las dos palabras más pronunciadas en mi hospital en estas últimas semanas. La pena, la triste pena, es que aquello que podría habernos suscitado una gran alegría al oírlo ahora nos provoca arcadas, cuando no migrañas (por no generalizar creo que hay siete personas contentas en Madrid).
         De pequeña pensé que los malos solo estaban en los cuentos, de adolescente, en cambio, en las discotecas, después me absorbió la vena "hippie" y aposté que no había malas personas, que era cultural o patológico, con los "ventitodos" me fui desengañando y ahora, a mis treinta más que cumpliditos, me da mucha pena admitir que sí que existen y suelen tener poder. El poder de humillarnos y negarnos (por escrito) nuestros años trabajados. El poder de inventarse nuevas normas, como críos para no dejar sus juguetes, y no calificarnos como merecemos, o como se han merecido otros muchos profesionales en otros tiempos. Porque lo digo y ahora lo escribo, no hay un agravio comparativo más grande en el sistema público (a mi parecer), que la carrera profesional de los sanitarios.
         Y sí, en estos tiempos en los que nuestro trabajo se valora en contratos, o en años que valen y años que no, dependiendo de si has hecho un cursito de treinta horas anual, a mí se me ocurre publicar Luna para dos. Una novela bonita, tal cual. Eso es, porque a mí me gusta que la gente de mi alrededor sonría, y aun más mis lectores. Me apasiona que abran un libro mío y no tengan ni idea de cómo va a terminar. Luna para dos es diferente, una novela plagada de giros, espías, decisiones y pasión porque como como dicta la sinopsis, así es la vida, plural y repentina.


        
       Luna, que no es enfermera, estudia la caída del cabello y puede que estén cerca, muy cerca de dar con el tratamiento que acabe con la alopecia. En su vida todo rueda como la seda hasta que tras experimentar un momento increíblemente bochornoso  su torre de marfil se derrumba y comienza su verdadera historia, una que no podrás olvidar.
         Se me ocurre que quizás no esté tan mal que salga ahora mi novela, que puede que enganche y haga olvidar los malos tragos, al fin y al cabo para eso se inventó la literatura, para hacernos volar y viajar a otras vidas. Nuestra profesión no está tan lejos, conocemos a mucha gente en nuestra cotidianidad y cuidamos de ellos. Soy una afortunada por tener dos profesiones tan reales y tan humanas.


         
         Habrá malos, lo lamento por ellos, tomaremos las medidas pertinentes para silenciarles, pero estoy segura de que mis compañeros afectados encontrarán la forma de confinarlos al olvido en el día a día y puede que Luna para dos los ayude con la tarea.


        
           
        
          
          

martes, 14 de noviembre de 2017

Confesiones. Ni un zapato más, ni una menos.

        ¿Cómo vamos?
         Hoy escribo esta entrada porque no puedo mantenerme callada. Hoy os voy a desvelar uno de los secretos que se ocultan en Ni un zapato más, un secreto que escondí para nosotras, para ellas, para todas, pero sobre todo para aquellas que perdieron su vida a mano de "ellos".


         
        Ayer, mientras veía las noticias de las 21h, lloré, nada novedoso, me imagino que a muchos también las lágrimas impotentes se les manifestaron al descubrir ese tremendo parricidio. Un "padre" degollaba a su hija de dos años como venganza porque su pareja acababa de salir a denunciarle. Una niña de dos años ha muerto en manos de la persona que le dio la vida, de su padre, del que iba a aprender a atarse los zapatos, del que le tenía que leer cuentos, enseñarle a jugar con la pelota, montar en bici... y él cometió el acto más deleznable que mi mente puede digerir: arrancar de cuajo todas esas vivencias a tu pequeño, al que tú, moral y legalmente, optaste por criar.
         Siempre pruebo a ponerme en la piel del otro, entender porque las personas actúan como actúan, quizás sea defecto de escritora. En este caso ni lo voy a intentar, porque me duele tanto y me resulta tan incomprensible que me ahogo. Soy madre y solo pensar que a mi pequeña le pueda pasar algo me descuelga los órganos por segundos para revolverme el cuerpo. Pero no hace falta ser "papa" para entenderlo, lo sucedido ayer descompone el cuerpo a cualquiera con un mínimo de conciencia
         Hace unos días también nos torturó la noticia de que un hombre había matado a tiros a su ex-pareja delante de su hijo, a la salida del colegio. Frente a muchos niños. Pequeños a los que se les ha arrebatado un pedazo de su infancia para siempre y que temerán ser adultos para no ser tan malos como aquel asesino. Por no hablar de ese niño de tres años que ha perdido a su madre para siempre. Me duele el alma, literalmente.
         ¿Qué demonios nos está pasando? ¿Realmente estamos civilizados? ¿O somos una panda de engreídos con ínfulas de "progres" en un mundo insensible, cruel y desfasado?

         Y sí, ya sé que habéis leído las noticias, que no os estoy descubriendo nada, pero, en parte, necesitaba desahogarme y aprovechar para desvelaros uno de los secretos que esconde Ni un zapato más.
         No os digo en qué forma, ya lo averiguaréis, pero en este último libro hay un homenaje a aquellas mujeres que perdieron su vida en manos de sus parejas en 2016 y 2017.
         ¿Por qué?                                                                          
         Porque se me encendió esa idea y ni fui capaz de apagarla; ni quise.
         ¿Por qué se me ocurrió?
         Por la similitud del título con el eslogan "Ni una menos", porque por eso se titula así. Desaparecen mujeres y uno de sus zapatos amanece en la puerta del policía que investiga el caso. El ruega al cielo que no haya más zapatos esperándole. Ni un zapato más.
         Pero este no es el caso que hoy me ocupa. Hoy me alegro, entre comillas, de haber escrito ese homenaje aunque no pegara "ni con cola" en el estilo del libro. Porque el ser humano está programado para ayudar (aunque no lo sepamos), para intentar "hacer algo" en los malos momentos ajenos, y aunque escribir unas líneas sea tan poco que es irrisorio para aquellos que están sufriendo los daños directos o colaterales de esta lacra, yo siento que estoy madurando como autora y me calma. Porque escribes para ti pero te leen los demás (una suerte), tenemos voz y podemos remover alguna oscura conciencia o educar a quién está empezando a torcerse.
         Autores, autoras, escribamos sabiendo que nos leen, y, en concreto, en romántica, gente muy joven, que está eligiendo su destino y forjando su carácter. Dejemos claro que los celos excesivos, la manipulación, el control y el menosprecio son signos inequívocos de maltrato psicológico. Porque quizás sí se puede hacer algo, porque gracias a nuestro karma tenemos voz y hay a quién le gusta leerla. Seamos coherentes.
         Hablo para autores, pero lo podemos extrapolar a la sociedad en general, porque todos tenemos a gente que nos escucha y niños alrededor. Porque no hay que callar, hay que actuar y ayudar. Dejo claro que, en mi opinión, la clave en la erradicación de la violencia de género reside en la educación.

         Me he ido por las ramas, lo sé, yo venía a desvelaros un homenaje, la reivindicación que escondía Ni un zapato más y la parrafada me ha salido sola. No me arrepiento, las circunstancias, tristemente, lo merecen.
         Solo me queda decir:
         Es un sinsentido que estéis muertas. Asesinadas...  pequeña de dos años, Jessica, descansad en paz.
         Ojalá el homenaje que escribí en Ni un zapato más os llegue a todas, pero sobre todo, ojalá no tenga que volver a escribirlo en mi siguiente libro.
         Un abrazo.
        

          
        
        


lunes, 3 de octubre de 2016

Qué se preparen los de Anatomía de Grey

          Ahora sí que sí, por fin me atrevo a decir que mi siguiente novela sí que está relacionada con el universo sanitario. La historia nace en un hospital, como tantas y tantas. Porque nuestro mundo da para mucho, no solo es cuestión de técnicas, pruebas, tratamientos, cuidados... en nuestro mundo también se fraguan grandes historias de amor (y rupturas posteriores que dan para muchos cafés cotillescos). Y eso es lo que debería suceder en "Si tiene que ser" (lo del amor) y puede que lo haga, pero para saberlo tendréis que leerla, golfillos...
         Pero no solo se trata de amor, ya me conocéis, según avanza la historia veremos como los protagonistas se enfrentan a la vida (o la vida a ellos) y no les quedará otra que tomar decisiones trascendentales e importantes. Es una novela muy coral donde se unen familia, amistad, amor y sorpresas y todo ello con un toque divertido, fresco y original, o eso intento, por lo menos el narrador de la historia seguro que os sorprenderá.


         ¿Qué hay del mundo sanitario? Pues de todo, problemas en la contratación, relaciones entre compañeros, noches, guardias, pacientes agresivos, pinchazos accidentales... en fin, nuestra vida contada de la manera más natural y sencilla, sin parafernalias.

         Es una novela que estoy deseando que vea la luz porque creo que es muy redonda. La dividí en cuatro partes bastante diferentes entre ellas, sobre todo la última, en la que todo cambia. Yo diría que es mi novela más arriesgada por lo diferente, pero creo que puede pellizcar a mucha gente porque los personajes son muy especiales. Esa es mi intención: pellizcar almas mientras os divertís leyendo.
         Y como no quiero contar más solo añadiré que espero que os guste porque está escrita con mucho cariño y sobre todo, muchas ganas.
         Para celebrar que sale a la venta, tiro la casa por la ventana (mi casa es tan pequeña que cabe) y sorteo un ejemplar. ¿Qué tenéis que hacer? Compartid este post y dejarme un comentario en facebook con vuestra opinión para saber que lo habéis compartido.