martes, 3 de noviembre de 2020

¿Me ha ofendido Fernando Simón?

       


        Con respecto a esta nueva polémica del director del centro de emergencias, Fernando Simón, esta vez sí que he decidido pronunciarme. Si no habéis visto de qué se trata, aquí lo tenéis. Son veinte segundos. ¿Cómo me voy a pronunciar? A la antigua usanza, una cartita.

    


                                            https://www.youtube.com/watch?v=WrjiA7uvQaQ



Carta a Fernando Simón:

           

            Soy Irene, enfermera con seis trienios (18 años de profesión ), lo aclaro porque a la vista está que lo de las cifras no es lo suyo. He trabajado toda mi vida en el sector público, en especializada, en dos hospitales de la Comunidad de Madrid. Y ya, no necesita saber más de mí, bueno, voy a ser espléndida, le añado que en mis últimos cuatro años he trabajado en UCI.

            Le escribo esa "pseudo" carta, para confesarle mi parecer sobre su nuevo derrape, pasada de frenada, o "cagada por todo lo alto". Y mi parecer es...

            Que a mí no me ofende.

            No, no me ofende.

            ¡Vaya, por Dios! Pensaba usted que sí, pues no.

            Que no, que no me ofende.

            Ya estoy curtidita en chistes televisivos.

            A mí no me ofende. A MÍ ME PREOCUPA.

            A mí me preocupa que el capitán de este barco sea tan poco hábil.  

            A mí me preocupa que quién nos tiene que llevar a buen puerto no sepa avistar una pregunta trampa.

            A mí me preocupa que su capacidad de resolución sea tan burda. Así nos va...

            Sí, señor Simón, esta pandemia es global, desconocida, intempestiva, y todos los adjetivos malignos que usted quiera añadir; yo eso no lo niego, es más, lo comparto. Por eso, a mi entender, para luchar contra ella necesitamos a los mejores profesionales, a cerebritos de toda la vida, a los expertos más brillantes de este país, y no me cabe duda de que en España los hay.

            Y deseo estar convencida de que a una mente brillante si le hacen esa pregunta trampa no responde con una carcajada y sigue la broma, estoy más que segura de que una persona que sabe desenvolverse hubiera cortado el tono, porque habría presagiado la polémica que podría suscitar, porque prever debería ser su late motiv desde que se levanta hasta que se acuesta, qué menos se le puede pedir al director del centro de emergencias que ser diestro en pronosticar.

            Por eso me preocupa. Generalmente es usted muy amable y muy educadito y disfruta de un séquito de fans incondicionales, pero en mi opinión, respetable igual, usted no es brillante y debería dejar paso a los que sí lo son.

            Y ya puestos, creo que este "tsunami"  le ha venido tan grande que de tortazos que le están pegando las olas, está usted en shock y ya ni sabe qué es lo que había venido a hacer. Porque según estamos, y mucho me temo que estaremos, el tono de la entrevista sí que es ofensivo. Porque puede usted reírse, obvio, pero mejor en privado. Por respeto. Porque yo me sigo riendo y mucho, es muy sano, pero no delante de la persona que entra en la UCI a despedirse de su familiar agonizante. Y si yo llego a eso, y le prometo que soy de todo menos brillante, deseaba concederle lo mismo a usted. Estaba equivocada.

            Le recuerdo que han muerto decenas de miles de personas y que van a seguir muriendo este invierno. Le recuerdo que hay enfermos que han estado más de cien días en UCI con las consecuencias para toda la vida que conlleva una experiencia así. Le recuerdo que las cifras de nuevos contagios crecen y crecen, me da absolutamente igual su curva famosa, cada contagio es un posible paciente de UCI y con la estancia media de nuestros pacientes, nos volvemos a saturar antes de que acabe el mes. Le recuerdo que esto es de todo menos gracioso.

            Y, por último, me despido y ahora sí me comporto como una enfermera infecciosa, tóxica o deslenguada, opinando que para salir de esta necesitamos a los mejores y, desde mi punto de vista, usted, Señor Simón, no da la talla.

                                                                                                          Un saludo



           

           

           

           

miércoles, 16 de septiembre de 2020

Susto, mucho susto.

 

            Mañana vuelvo a trabajar. Ahora sí que se han acabado las vacaciones, y prometo que cada vez que lo recuerdo mi cabeza me sorprende y el hilo musical popero que suele ponerme, me lo cambia por un tema de esos de terror o de peli de suspense para atacarme, aún más si cabe.

            A nadie, excepto a los de "google", les fascina la vuelta al trabajo, y yo, que soy una ovejita del rebaño confesa, siento todos los años fastidio absoluto al pensar en volver, volver, volver..., pena, depresión, astenia, malhumor, ganas de comprarme ropa, cortes del pelo, propósitos de salir a correr; este venía siendo mi pack sintomatológico pre-vuelta. Pero este año, este año los supera a todos con creces. Porque al pack se le ha unido la tensión y el miedo. Literalmente, "estoy cagá" por lo que me voy a encontrar mañana en la UCI.



            Os confieso una cosa: hoy he estado leyendo a un negacionista que se ha ido a meter con una de las mejores enfermeras del Doce de Octubre, Mayca, y como mi cuñado que escuchaba a Federico Jiménez Losantos para despertarse con adrenalina, yo me he puesto a cien y a limpiar la casa para no escribirle y entrar en una batalla campal por redes. (De todo esto mi madre concluiría: ¡mira qué bien el muchacho, ha conseguido que mi hija limpie, lo que yo no pude en veintiocho años!). Para algo tenían que servir los negacionistas, ¿no?

            Total, que he pensado que se podía venir conmigo mañana el tal Ricardo. Por si te apuntas, te cuento (permíteme que tutee):

            Nuestras dos unidades ya están llenas de pacientes infectados por un virus que les provoca insuficiencia respiratoria y les tenemos que intubar porque somos así de majos y no queremos que su PCO2 ascienda a niveles incompatibles con la vida y su PH sea más ácido que tu sarcasmo.

            Dieciocho camas, ¡ah, no perdona!, que ahora tenemos más camas porque en los boxes que eran un poco más grandes, hemos metido dos pacientes, casualmente con las misma patología, esa que tú reniegas y yo maldigo.





            Los sanitarios que somos unos "asegurolas", unos "exagerados" y muy frioleros, nos tenemos que envolver en plástico, poner pantallas ajustaditas, dobles guantes, dobles mascarillas y así entrar y estar calentitos todo el turno. Y aquí viene la parte que te importa, si me quieres acompañar, como sí o sí, vas a estar en una unidad "sucia", tienes que levantarte antes porque se tarda mínimo diez minutos en vestirte y hay que coger la guardia a tiempo... lo siento.  

            Luego hay que asignar a los pacientes. Otro problema, porque resulta que estamos en mínimos y quizás te toque llevar tres enfermos pronados (bocabajo), pero tú no te asustes, eso no es nada de trabajo, están súper estables... ¿Por qué estamos en mínimo? te preguntas No lo sé. Es una vergüenza.

            Y ya te pones a trabajar y me cuentas a las tres de la tarde qué tal. Antes va a ser imposible que hablemos. Ya sé que te encanta colgar vídeos de sanitarios bailando, lamento decirte que no vas a poder grabar aquí ninguno, en la UCI bailamos poco, somos más "runneros".

            Que conste que en general me da bastante igual el tema este de los negacionistas, lo juro, creo que un tonto hace un ciento si le dan lugar y tiempo, esa es mi reflexión para con ellos, pero es que ha cuestionado a un enfermerón, y eso no, y encima, por su culpa, me he metido una paliza a recoger como si no tuviera otras cosas que hacer el día antes de incorporarme. ¡Venga, hombre!



            Y volviendo al tema de mi vuelta, ¿por qué estoy atemorizada? Porque están trabajando a destajo y no paro de leerlo en el chat de mi UCI y hablarlo con mis compañeros. Porque ya sé a qué me enfrento y no sé si mi cuerpo va a poder resistirlo. Porque es agotador física y mentalmente y no solo por el Epi, por trabajar envuelta en plástico. Es que son pacientes muy inestables, de esos que tienes que estar a pie de cama, pero no se puede cuando somos cuatro enfermeras para doce enfermos.

            Si escogimos esta profesión es porque nos importa la gente y no poder asistirla como se merece, cuando esto podía estar previsto, está mandando a compañeros a casa por ansiedad. Y yo que soy tan intensita... vamos, que lo dicho, que estoy asustada.

            Siento que a nadie le importamos. Nos metemos en la unidad, corremos como pollo sin cabeza apagando fuegos y nos vamos a casa extenuados. Los de arriba hacen sus estadísticas y nos dan dos cachitos de empanada (eso y una planta para toda la unidad ha sido nuestra única condecoración por el esfuerzo que hicimos en la anterior ola o tsunami), claro que menos nos ha dado la Ayuso, que contra nada un ácaro ya es algo. Como estamos allí encerrados, y las altas esferas no van a gastar un Epi para vernos, mejor para ellos, menos guerra les damos y así no les molestamos para ejecutar todas esas estadísticas que hay por hacer. Ya si quieren algo te llaman por teléfono o asoman la patita por debajo de la puerta, pero de entrar, mejor otro día.



            Y esto es lo que me voy a encontrar mañana. Prometo que voy a intentar llevar las pilas cargadas y buena energía, como escribí hace poco en un post, compañeros, nos vamos a tener que querer y cuidar mucho entre nosotros, porque se avecinan muchas tormentas con tsumanis incluidos. Yo os pido que si mañana me veis un poquito asustada, me perdonéis, este 2020 mi vuelta al cole es más bien como entrar en el Bates Motel.

            Nos vemos...


           

           

           

           

           

jueves, 2 de abril de 2020

NOS ESTÁS ROBANDO EL AMOR.


   

            Hace una semana Judith iba a una fiesta de cumpleaños donde iba a conocer a su futura pareja. La celebración era en un bar y el camarero de ojos azules, Diego, se quedaría tan impactado con la sonrisa de esa preciosa chica que haría méritos para pedirle que le esperara al salir. En su primera cita oficial, la chispa entre ellos les dejaría la boca dolorida de sonreír; en la segunda de besarse.


            Marta iba decidida, hace diez días, a conversar de una vez con el chico con el tantas veces coincidía en la parada del autobus y por mucho que las miradas hablasen por ellos, ninguno se había atrevido a entablar relación. Jaime estaba deseando salir del taller para llegar a la parada y cruzarse, de nuevo, con la chica de las pecas infinitas. Ella no fue, en su empresa le hicieron un ERTE y decidió volver a su pueblo, justo el sábado en el que se dictó el estado de alarma.


            Carla llega a su casa cansada. Es cajera, estos días en la tienda están siendo agotadores. Parece que la gente se prepara para el apocalipsis. Suena el teléfono, es su madre, está desecha, han ingresado a su padre por neumonía bilateral. Ella intenta calmarla, quiere estar allí, arroparla, abrazarla y decirle que todo va a ir bien, pero no puede, es personal de riesgo. Hablan de él, de lo fuerte que es, de que superó un infarto y esa Navidad se disfrazó de Papá Noel para hacerles reír; siempre divertido, siempre gastando bromas. Antes de colgar se dicen que se quieren, por primera vez, por lo que pueda pasar, nunca han sido de expresar sus emociones. Ni ella ni su madre volverán a tocar la mano de su padre. Dos días después fallece, solo, en un hospital.


            Julián es médico, de urgencias. El turno ha sido una locura, nunca había vivido nada así. Llega a casa desolado, muy triste, se han muerto muchos pacientes y ni siquiera se han dado cuenta. Está recién casado, abre la puerta de casa, su mujer Ruth le espera con esa sonrisa calmada que le enamoró. Él no se atreve a tocarla, puede estar infectado y por nada del mundo quiere contagiarla. Hoy era el día en el que se iban a quedar embarazados, ella sufre de ovarios poliquísticos y es muy difícil acertar. Quizás dentro de unos años otro bebé nacerá, pero este, al que le iban a dar todo su amor, no.


      
      Este maldito bicho no solo nos ha confinado en casa. No solo está matando y enfermando a millones de personas. No solo está dejando sin empleo a mucha gente. No solo nos está dejando sin recursos en la sanidad. Se nos olvida lo más importante: nos está robando el amor. Está impidiendo que Judith conozca al amor de su vida, evitando que Jaime superé sus penas al encontrar a su alma gemela, traumando de por vida a Carla y a su madre por no haber podido acompañar a ese gran hombre los últimos minutos de su caminar y confesarle todo lo que significó para ellas, y negando la vida a ese precioso bebé.
            Este virus es malo, muy malo. Eres muy malo, te lo digo por escrito, desgraciado.
            Debería concluir con un final esperanzador, pero es todo una incógnita. No sé si lo que hubo de venir acabará sucediendo porque esto no es más que un paréntesis, y los puntos suspensivos que se abrieron el 15 de marzo se borren y redacten lo que les tocaba, pero creo que no, lástima que esto no es una novela de las mías. La gente me pregunta en el hospital: ¿escribirás un libro de lo que estás viviendo? Yo siempre les respondo que no, de esto no, es muy feo, y yo escribo bonito.
            Habrá otras vidas, otros encuentros y muchos abrazos, pero nunca los que pudieron ser y no han sido por el perverso COVID19. Eso es lo que, lamentablemente, creo.
            Pero tendremos, cuando le venzamos, porque lo vamos a hacer, que no te quepa duda, la obligación moral de resarcirnos y de amar sin medida a todos los seres humanos que logren triunfar y velar como se merecen a los que perdieron la batalla.
            Por todo el amor que se está quedando entre paréntesis.
Irene Ferb.



            .

           
           

  
                .

               
               


domingo, 29 de marzo de 2020

Déjate el pedestal en casa.


         ¿Todavía hay gente que no se ha dado cuenta de que estamos en una situación tan especial, horrible, deprimente que más parece una película de Steven Spielberg que la realidad?
         Pues debe de ser que no, porque todavía vienen especialistas a nuestra unidad, donde estamos compartiendo batas, reciclando mascarillas, usando siempre FFP2 aunque tengamos que aspirar y coger papeletas para pillar el coronavirus, donde hemos hecho boxes dobles con material de vete a saber dónde en dos horas, donde nos pasamos todo el turno (excepto un descanso), TODO, vestidos, ahogándonos con las mascarilla, aguantando el dolor que te provocan las gomas, todavía vienen y nos hablan como si fuésemos tontos. No está el horno para bollos, señores.



         
         ¿Nosotros tontos? ¡Ja!
         El equipo de enfermería está continuamente dentro de las unidades. En todas las unidades que se han abierto en el hospital de UCI, en muchas con personal que no está entrenado y  a veces solo envían a un enfermero de UCI para ayudar a los que antes hacían endoscopias y hoy se enfrentan a los cientos de cuidados que conlleva un paciente de UCI (a este nivel, que es premium, me quito el sombrero, compañeros) y, repito, todavía,  vienen y recibimos malas formas.
         Creo que si hay un momento en esforzarse en hablar bien a los demás, en aparentar tranquilidad y valorar el trabajo de los demás, es este.  Jamás diré que los facultativos trabajan menos, jamás, porque no es verdad,  es diferente función, y la suya es tan agotadora mentalmente que no la quiero ni regalada. Y, aunque más de una vez en estos días, los hubiese mandado a Mordor, me lo ahorro, porque llevamos una procesión tan grande cada uno por dentro que intento suavizar y destensar el ambiente. ¿Nos hacemos facilitadores? Por favor.
         Ayer una anestesista vino a intubar a un paciente a nuestra unidad con las manos en alto moviendo los dedos como si se hubiese prometido ese día y nos enseñase el predusco de su anillo y exigiendo material que no había, porque no hay, y retándonos a no intubar si no lo obteníamos, con un trato tan despectivo y burlón que porque estoy educada en el no a la violencia si no (y creo que digo esto por primera vez en mi vida), la arrastro de los pelos.
         No es el único caso, si escribo esto es porque veo y me cuentan muchas situaciones como esta y me entristece. No siempre por parte de médicos, a veces al contrario, o entre gente más entrenada que otra, pero en mi papel lo que más vivo es por parte de los facultativos. Cada uno que cuente su verdad, esta es la mía.
         Señores doctores, cuando ustedes no están en la unidad con estos pacientes tan graves, la enfermería no para de resolver como buenamente puede, evitando llamarles todo el rato para que sigan valorando a otros pacientes, y nos enfrentamos a momentos muy emergentes, no solo suceden cuando están ustedes dentro de la unidad, los pacientes se ponen malos a todas horas, y a todas horas solo estamos nosotros, así que qué tal si se ahorran los tonitos. ¿Somos facilitadores?
         Obvio, obvio, por Dios, que no todos son así, pero siempre ha habido facultativos de la vieja escuela, endiosados, y creo que o ahora se bajan de su auto- pedestal  o lo único que hacen es entorpecer. Es que en este apocalipsis que nos ha tocado vivir a mí me parece hasta ridículo esa actitud hostil.
         ¿Qué tal si nos dejamos los galones en casa y entramos al hospital apostando a porque los demás son tan válidos como yo y están enfrentándose al COVID 19 con valentía, con nuestras armas sanitarias, con inventiva, con jornadas agotadoras y con mucho miedo?
         ¿Qué tal si obviamos las carencias y nos fijamos en las virtudes? La metamorfosis profesional que están ejerciendo nuestros compañeros en el hospital es de ovación nacional, sé que si yo ando agotada, ellos deben de estar viendo respiradores en sus sueños (si es que consiguen dormir). Mi reverencia, compañeros.
         Los celadores, lo celadores. Los putos amos (perdón). Se está volcando, ayudando, si no es por ellos muchos pronos los ejecutaríamos mucho peor.  Nos ayudan a salir de las unidades, a enviar muestras, a cortar batas... Otra reverencia, compañeros.


         Y, por supuesto a los médicos, mi aplauso, porque lo que os está tocando decidir no lo vais a poder olvidar nunca y os necesitamos para salir de este apocalipsis, mucho. Porque no sé cómo tenéis capacidad para valorar a tantos y tantos afectados. Sois muy grandes.
        
         Este era el año de la enfermería, el contexto se nos ha ido de las manos, algo más light hubiera valido. De verdad que no pido medallas, pido respeto. El mismo que ofrezco. Sin más. Entre todos, cambiando soberbia por sonrisa, paciencia y calma por grito y ayuda por rechazo saldremos mejor de esta horrible película.
        


miércoles, 25 de marzo de 2020

NO SOY SOLDADO

     Mañana vuelvo al hospital, por llamarlo así. Últimamente es más parecido a una trinchera que a un lugar donde se salvan vidas. Nunca pensé que presenciaría una, y ahora cada vez que piso la entrada de hospital siento que estoy en primera línea de guerra. Pero aquí hay algo que no encaja, yo no soy soldado, yo no tengo genes valientes deseosos de salvar a la humanidad de un meteorito maléfico, no, yo soy hipocondríaca y muy cobarde. Yo no soy soldado. 

    Me esperan, si nada cambia, cuatro mañanas y dos noches seguidas. Las mañanas son más llevables, las noches no quiero ni contarlas. Vamos envueltas en plástico, con suerte, con dobles guantes, gorros, calzas, dos mascarillas que pican como demonios y te hieren la piel dejándonos unas marcas que prometen ser eternas, con una pantalla que te aprieta tanto que duele la cabeza, pero a mí me da seguridad y prefiero la cefalea a trabajar con miedo. Es una película de ciencia ficción, pero insisto, nunca me he visto como la protagonista de esas aventuras, yo soy una cobarde.


   En enero, una mañana desayunando les conté a mis compañeras que me había desvelado pensando que el virus ese chino podía llegar a España, ellas se rieron, jamás podría sucedernos algo así. Todo apuntaba a que era imposible que España se colapasara a ese nivel... ¿me puede explicar alguien cómo estamos como estamos? No lo entiendo, es que no lo entiendo.

   ¿Si tenemos una de las mejores sanidades del planeta cómo tenemos tantos fallecidos? 

   Hay algo más que evidente, nos han fumigado, han dejado entrar el virus en Madrid con total libertad. La gente venía de las zonas confinadas en Italia sin ningún tipo de control, a puerta gayola y aunque no es tiempo de reproches, ¡vaya tela, amigos! Y digo esto porque si alguien cree que en Madrid hay los infectados que dicen entonces es más crédulo que un niño. NO HACEN LA PRUEBA A NADIE. Con lo que las tasas que calculan son mentira, porque si el denominador es infinitamente mayor, no hay tasa que valga, pero sí las muertes. Las muertes son las que son. Y no lo entiendo.

    Todos los días me autodiagnostico de COVID 19 como tres o cuatro veces. Toso, me duele la cabeza, estoy distérmica, no me entra el aire, pero se me pasa y entonces confío en mi cuerpo, pero alguien me llama, me cuenta algo y vuelvo a empezar. ¿Os pasa?

   Tampoco ayuda que mi marido y mi niña hayan tenido febrícula y tos, como tantos y tantos en Madrid. Vivimos envueltos en una hiriente ignorancia que va a poder con nuestros nervios. ¿Dónde están los test? ¿Cómo vamos a poder atacar a la enfermedad en el futuro si epidemiologicamente no sabemos qué narices pasa en España?

   El día que tuvo fiebre mi marido, me tocó hacer noche, ni se me ocurrió llamar para que me diesen un permiso. Ya no los hay. Los soldados al frente y la familia que lo entienda.

   Estoy enfadada. Se me nota. Porque yo no soy soldado y me toca serlo. Eso no quiere decir que mañana no haga mi trabajo en el hospital, una vez que estás allí vuelve la normalidad, mi esencia enfermera y no hay espacio para reproches, pero sé que voy a ver cosas para las que no estoy preparada y me da tanta rabia... Los pacientes están muy malos y nos debemos a ellos. Nadie lo pone en duda. Mi UCI lo está dando todo, estoy muy orgullosa de todos y cada unos de mis compañeros. Hay muchos roles, pero de eso, cuando todo pase, ya haré mis gracias, hoy no me sale hacer broma.

   Os dejo, mi casa me llama. Mi casa que es probable que esté contagiada de COVID 19, pero a la que nadie ha venido a testificar, como en la gran mayoría. A los políticos sí les hacen el test.

  Eso sí, los aplausos, los aplausos son jalea real de la buena. Me hacen sentir tan bien que me entran ganas de ser soldado y tener ganas de luchar contra ese asqueroso bicho invisible. 

   Con todo esto quiero decir que mañana cuando me vista y me envuelva en plástico, seré la mejor soldado que pueda. Os lo prometo. Por ende, luego en casa, volveré a ser una cobarde.



   

viernes, 6 de diciembre de 2019

¿Os lo lleváis a casa?


         Hace unos días llevé a una octogenaria de lo más salao, entre otras cosas porque en UCI, muy de vez en cuando, se agradece que los pacientes no estén intubados y puedan hablar (emoticono del guiño, es una bromita).


         
          La abuelita (la llamo así porque de verdad tenía nietos) mientras la aseábamos, nos hizo un resumen fantástico de su vida, (no fue espontáneo, llevo una entrevistadora dentro de mí, te lo aviso por si alguna vez me cruzo contigo, soy capaz, sin que te enteres, de sonsacarte cualquier dato, no suelo preguntar por claves, pero me las darías).


         Llevaba cincuenta y cinco años casada, él era ocho años mayor que ella, pero muy buen mozo. Tenía varios hijos: una que había trabajado en una empresa y ahora estaba en paro, otra que era trabajadora social, y un chico. También me contó que su nieto no usaba pantalones tobilleros, que él iba de traje (no todos los datos que extraigo son jalea real), dos nietas que estudiaban trabajo social y una que, y ahora viene lo importante, que estudiaba, ¿adivináis qué?, chantatachan: 
      ¡¡¡Enfermería!!, ¡¡síiiiii!!
         A las doce pueden pasar las familias y como me esperaba, pude poner cara a todos (menos al que no usa tobilleros), porque fue la ganadora en visitas. Una mujer tan resalá no se merecía menos (de verdad que era puro amor la señora).
         Y entonces (lo que me enrollo, madre santa), vino el padre de la que estudia enfermería y, casualmente, nos pusimos a hablar. El hombre me contó que lo de su hija no era vocacional, y estaba un poco preocupado porque había escuchado que la rama sanitaria era siempre vocacional, le tranquilicé admitiéndole que entonces ya estábamos su hija y yo, porque esta servidora hasta que no obtuvo su nota de selectividad no supo qué elegir.
         Pero no se quedó tranquilo, había algo más, lo notaba y como buena entrevistadora en dos preguntas más lo averigüé. El padre se consideraba un hedonista puro y me dijo que había educado a su hija para que fuera muy feliz y le preocupaba que "se lo llevara a casa".
         —Aquí verás cosas tremendas, ¿no te lo llevas a casa? —me preguntó.
         ¡Uffff! Se me vinieron muchas caras de pacientes que se han venido conmigo al quitarme el pijama pero...
         —No suelo. Cuando sales de aquí tienes tu otra vida, muchas cosas que hacer y normalmente me olvido.
         —Pero a mí me preocupa el inconsciente, el que mi hija, sin buscarlo, yo que sé, haciendo la cena, de repente se acuerde de algún paciente y sufra, aunque solo sea un minuto.
         —Te entiendo, pero todos pensamos en nuestro trabajo de vez en cuando, es imposible separar del todo —le contesté—, pero te puedo contar que a veces aquí, dentro de la unidad, llora hasta el apuntador por alguna tragedia, pero luego, a la hora, nos vamos a comer y estamos riéndonos. Porque nos quitamos el pijama y nos evadimos, por muy cruel que te suene.


         
        —Pero entonces, cuando menos te lo esperas, en casa, ¿no te vuelves a acordar del tema?
         —Sí, puede, pero no en plan mal. A ver, es que no sé cómo explicarlo. Te prometo que yo soy alguien muy sensible, pero creo que el ser humano tiende a intentar ayudar cuando ocurre una tragedia. Lo vemos continuamente en las noticias cuando hay catástrofes o acuérdate del niño que cayó al pozo. Creo que nuestra inquietud se calma cuando podemos echar un cable, y eso hacemos aquí, intentamos proteger a la persona de la tragedia. Y te aseguro que se hace de todo, no se escatima, a veces hasta nos pasamos, esto es una línea bastante subjetiva, pero te diría que cortos no nos quedamos, por lo menos aquí.
         ¿Qué opináis?
         Y os pregunto porque le he dado varias vueltas al tema en estos días y no sé porqué alguien como yo, que llora escuchando Malo de Bebé, no suelo llevarme los dramas a casa. Y que conste que en la UCI, en dos años he llorado más que en el resto de mi vida profesional, pero dentro de la UCI. Luego salgo y sí, me puedo acordar, y me puede dar pena, pero no me deprime, no para necesitar tratarlo, como temía ese padre, que imaginaba a su hija tomando antidepresivos.


       
         ¿Os lleváis a casa a vuestros pacientes? ¿Y si lo hacéis, os deprime?
         Obvio que cuando un paciente te toca te acuerdas, pero en mi caso, es raro que me afecte en mi vida personal, y creo que es por lo que antes he explicado, mi conciencia está tranquila, porque estamos trabajando para él y si no se puede hacer nada, al menos hablas con la familia y les ofreces consuelo (esto es un decir, yo soy horrorosa, porque les veo llorar y se me instala el desagradable nudo en la garganta y o lloro o no puedo ni respirar).
         Creo que también se debe al ritmo que llevamos. Es un trabajo, y hay vida después de él. Las pocas horas libres de las que disponemos las tenemos tan ocupadas que la mente está en el aquí y en el ahora y se olvida de lo de antes.
         Y si alguien se lo pregunta a mí, por lo menos a mí, no me dieron ninguna asignatura en la universidad que tratara sobre esto.
         Estoy un poco perdida, como veis, pero yo solo puedo hablar de mi experiencia y es esta, no me suelo llevar los dramas a casa y si se vienen no me deprimen. Por lo menos por ahora.
         No trabajo con niños, ni en oncología, creo que no podría, pero conozco a gente y está encantada...
         Tampoco soy médico y una de las razones por la que no elegí medicina, es esa, que quizás las decisiones que ellos toman sí que te pesan como para no poder quitártelas con el pijama.
         En la enfermería mis decisiones tratan sobre el cuidado, y el cuidado está directamente relacionado con la ayuda, con paliar, con la protección. Ahí lo dejo. No me extiendo más.
         Ahora os toca a vosotros.
         Os quiero escuchar compañeros.
         ¿Os lo lleváis a casa?
         ¿Soy un tempanito?



PD: ya sé que todos os habéis quedado en la imagen de la enfermera sentada con el pijama en su sillón y estáis pensando qué cochinada. Yo también.

PD (bis): lo que sí os tenéis que llevar a casa es alguno de mis libros que son perfectos para alegrar las cabezas.
        
        
        
        
        
        
        
        

lunes, 20 de mayo de 2019

"La OPE ya cayó, oh, oh, oh..."


          A todos aquellos opositores:

         Imaginadme como vuestra madre cuando os caíais e ibais llorando a sus brazos por mero susto, no por dolor, y ella os abrazaba y os consolaba diciéndoos : ya pasó, schhhh, ya pasó.
         ¡Sorpresa! Esa, hoy, soy yo.
         Chicos... ¡Ya pasó! Schhh (y subrayo este "schhhh" para que dejéis el temita ya que estamos empachados, no os diré más que Amazon ha dejado de hacer escuchas en casas de enfermeras de puro aburrimiento).





         Más de un año de nervios, de fechas, de posibilidades, de buscar apuntes, de ver que tus compañeros van a tope y a ti no te la da vida, de apuntarse a carísimas academias (que cuestan más al mes que las entradas de todos los musicales de la Gran Vía).
         Más de un año de estudiar escalas, vacunas y leyes (a mí estas tres me dan mucho más susto que el tripartirto o la foto de Colón y ya es decir).
         Más de un año de quedarse en casa y ver desde tu ventana (quien dice ventana, dice móvil, la ventana tecnológica), que la vida de tu gente sigue y tú te la estás perdiendo. De decir que no a planes estupendos porque tienes que... estudiar y tus amigos "civiles" te miran con cara rara y ves que piensan "pero si está muy mayor para estudiar, ¿no tenía carrera ya?".
         Más de un año de hacer test, simulacros y perderse todas las series que lo están petando. De no saber que es GoT y volverse loco pensando que hablan de una enzima hepática. De ganar unos kilitos porque por mucho que digan algunos estudios de la universidad de Sri Lanka: estudiar, amigos, no adelgaza. Tampoco ayuda hincharse a chocolate y gominolas para pasar el trance.
         En definitiva: más de un año de esfuerzo para lograr una plaza en sanidad mientras que trabajas y convives con tu familia. Se dice pronto... pero no. Ha debido de ser muy duro. Así que desde mi ordenador os digo una cosa: ¡compañeros, sois unos cracks!
         Y... ¿qué vais a hacer ahora?
         Pues lamento deciros que el temita sigue... porque ahora llega el estrés de dimes y diretes, de que tu compañera con contactos te perjura en hebreo que mañana sale la nota de corte (al igual que la semana pasada), que la otra asegura que se va a quedar en 65, que alguien conoce a una con un diez, que los sindicatos creen que van a ampliar plazas, que otros sindicatos quieren impugnar el examen al completo... los nervios y el insomnio compartirán taquilla contigo.
         Y tendréis que echar papeles, para postre. Ya veréis qué divertido. Os surgirán miles de dudas, como si no hubieseis echado papeles nunca (¡ja!), pero aquí te juegas mucho más y quieres que te cuente hasta el graduado escolar. Veréis qué de bulos (las "fake news enfermeriles"). No os desvelo ninguno, os dejo que los disfrutéis en su momento.
         Y si al final llegáis a la meta y sois afortunados, eso ya es la bomba. Vais a olvidaros de dormir más o menos un mes. Porque tu vida va a cambiar de turno, de hospital, de planilla, de servicio y de compañeros de un día para otro. Habrá quien lo digiera mejor que la leche sin lactosa pero a otros, como yo, se nos forma una bola que no hay ácido clorhídrico en el mundo que la deshaga.

             Clica aquí sin miedo y verás...
         

       Por todo esto, os repito, como un mantra... ya pasó, chicos. Si queréis os lo cantó: "La Ope ya cayó, ohhh, ohhh, solo quedó la alegría". Espero que quedéis mejor que en Eurovisión y os llevéis muchos "twelve points", a pesar de que nuestro representante en Israel lo hizo muy bien, pero como la OPE misma, a veces, a pesar del esfuerzo, no se obtienen los resultados merecidos.

         Por todo esto os digo: recuperad vuestra vida y mejoradla. A viajar, enchufaros todas las series perdidas, no entréis en casa, quedad con los amigos que apartasteis hace un año por los apuntes y... (ahora viene lo bueno): ¡A leer!
        




¿Y qué mejor que leer a una compañera que tiene un montón de libros de todos los colores, tipos, y sabores?




         Os invito (es un decir, los libros hay que comprarlos, pero son baratitos), a conocerme. Os vais a divertir. Escribo fresquito y para todos los públicos. Si os gusta el misterio, los giros, las sorpresas y la comedia romántica soy toda vuestra.


         Pero sobre todos, amigos, disfrutad, porque (os prometo que resuena ahora como un taladro en mi cabeza "la OPE ya cayó, oh, oh, oh...).
         Mi más sincera enhorabuena.



         POSDATA: Los expertos recomiendan un paseíto por la feria del libro de Madrid estos días que va a hacer bueno.




        



domingo, 10 de febrero de 2019

NOCHES DE UCI

            Segunda noche. 4.30 de la mañana. Cuerpos cansados. Piernas en alto en sillas y sillones.
            Suena el teléfono. El corazón se nos sale por la boca del susto. Esther lo coge. La escuchamos:


     
            —No sabíamos nada de un ingreso... —conmoción generalizada—. Vale...
            No nos hace falta hablar. Se nos complicó la noche y nadie nos había avisado. Muy mal. Comenzamos a prepararnos. Toñi mueve los sillones más rápido que un profesional de las mudanzas.
            Veinte segundos después, Verónica dice asustada:
            —Ya están ahí...
            Se abre la puerta de la UCI y entran cinco SAMUR y un paciente en camilla invadiendo nuestra unidad.



           
         Nos faltó cubrirnos a lo Robbie. Nuestros ojos de corderito degollado no podían ni asimilar lo que el SAMUR nos contaba de paciente secundario, pero entre todas bloqueamos, inconscientemente, su acceso.

            

       —Llama al médico —dije yo con voz de ultratumba y más enfadada que un comentarista de GH.
            Esther regresa al teléfono.
            —Oye, Deme —el intensivista—. Está aquí el Samur con un ingreso...—Entonces la escuchamos decir aliviada la frase más bonita de esa noche—: ¡Ah! !Es a la coronaria!

            Samur que se disculpa por su interrupción. Ahora sí todas reímos. Toñi recoloca los sillones. Piernas en alto. Bromitas repitiendo la jugada. Final feliz (menos para los de la coronaria).