viernes, 7 de marzo de 2014

¿A dónde vas con esos leggins?

        Ya decía yo que la cosa estaba muy tranquila. Aunque no os lo creáis, llevo desde el lunes trabajando y no tenía nada que contar. Estaba empezando a tener sudores fríos nocturnos —cosa más que extraña valorando el gramaje de mi edredón nórdico—, me veía clausurando el blog, despidiéndome de vosotros, de mis “ami-lectores” que tan feliz me hacéis con vuestros cientos y cientos de comentarios —es ironía, no ponéis nada ¡cacho vagos!
         Jueves 19.30
         Nuestra compañera de Jerez se nos acerca con cara de circunstancias al mostrador donde mi compi con habichuela y yo tecleábamos en el ordenador.
         —Chicas, ¿habéis visto a una mujer que va por las habitaciones?
         —¿Ehhhh? —contestamos las dos extrañadas.
         —Esperad —la diplomada jerezana regresa a su control a discurrir con un familiar.
         —Se habrá desorientado alguna abuelilla —comentamos las dos y reanudamos el tecleo.
         Al minuto regresa, otra vez con la misma cara, y atusándose el pelo nerviosa, «que me hago la coleta, que me la quito, que me la vuelvo a hacer». Trae un gesto detectivesco. Mis dedos cesan de teclear para prestarle toda mi atención. Algo le ronda, son muchas horas juntas.
         —Chicas, dicen los familiares de mi pasillo que hay por ahí una mujer que va hurgando en los armarios de los abuelitos.
         —¿Ehhhh? —nos reiteramos la DUE cigüeña y yo.
         El familiar con el que se había marchado a discurrir un minuto antes, nos indica:
         —Sí, ahora está en vuestro pasillo. Lleva unos leggins negros.
         Se ve que esa era la palabra clave, porque instantáneamente nos levantamos para ir en búsqueda de la dueña de los leggins. Las tres:

         DUE jerezana: 55 kilos
         DUE con habichuela: 55 kilos y lo mismo me he pasado.
         Yo: un pelín más.
         ¡Nada! No vimos a nadie con ese atuendo hurgando en armarios. Hasta la gaditana y yo, entramos en un despacho médico, oscuro y vacío, con más miedo que vergüenza y nos atrevimos —ella, yo no— a abrir la puerta del baño. Pero ¡Nada! No había nadie.
         Cuando ya regresábamos de nuestra improductiva batida por el pasillo, con la típica risilla incrédula, el familiar chivato, viendo nuestra ineptitud detectivesca, echó un vistazo rápido y exclamó ni corto ni perezoso, a un metro de la habitación:
         —¡Está ahí, es esa! —y se dio la vuelta esfumándose.
         Las tres nos miramos y dejándonos llevar por el impulso —creo compis, que deberíamos haber elaborado una estrategia: tipo poli bueno, poli malo—, asomamos nuestras cabecitas a la habitación y allí vimos a la presunta hurgadora, sentada en una butaca entre las dos abuelas agradeciditas de compañía.
         —¿A quién está usted acompañando? —con acento gaditano y serio, muy serio. Cuidadito como un andaluz cabreado, da más miedo que la careta de Saw.
         La presunta: mujer de cincuenta años con alopecia incipiente, sobrepeso, arriesgados leggins negros y un buen bolso apoyado en sus rodillas, nos contestó:
         —No, ya no, vengo a ver a… —con una carita de cordero degollado y confuso, qué chica, me enterneció.
         —¿Pero a quién está usted acompañando? —le reiteró.
         —Bla, bla, bla…, bla, bla, bla… —embarullaba. El mensaje era sumamente difuso.
         —¿Pero a quién visita? ¿Le pagan? —preguntó con tono desafiante la de Jerez (pero muy poco desafiante, yo que la conozco).
         —No, no —declaró.
         —¿Y si no la pagan a qué viene? —se envalentonó nuestra “poli mala”.
         Yo la miré como diciéndola «nena, te has pasado». He de reconocer que la cara de corderito de la presunta me había conquistado. La sospechosa no respondió.
         Las tres salimos de la habitación a analizar el caso… Un minuto después regresamos a nuestros respectivos teclados. No teníamos pruebas.
         No habíamos desbloqueado el ordenador cuando la presunta pasó por el mostrador sin despedirse. La habichuela y yo nos levantamos un poco para echarle un vistazo a su espalda y escuché exclamar a mi compañera:
         —¡Desde luego en el zurrón que lleva le cabe un abuelo! —. La presunta cargaba con una bandolera llena hasta los topes.
         —¿Qué hacemos? ¿Llamamos a seguridad? ¡Si es que no la hemos visto hacer nada! —dudaba yo.
         —¿Pero y que se va a llevar? Si los abuelos no tienen ni para agua, si hubiera entrado en la 66. —Hay dos jóvenes—. No, claro —recapacitó en alto mi compi—, de ahí sale sin bragas —los no tan jóvenes, tienen un pasado fraudulento.
         Después se lo comentamos a seguridad y concluimos que es muy probable que sea cierto que roba a los abuelos. Se mete en las habitaciones para hacerlos compañía y cuando se despistan —si no lo estaban de base—, rebusca en sus armarios. Al personal sanitario nos parece una cuidadora y no reparamos en ella. Así que os prevengo. Ya os he hecho la descripción previamente. Si queréis más datos, pedírmelo en los comentarios.
         Después de este suceso y de otros anteriores que os he contado, espero que apoyéis mi propuesta de que necesitamos a un buen policía en la planta. Alguien que venga a investigar y a ayudarnos… ¿Javier Morey?



         

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