sábado, 22 de febrero de 2014

Una semana sin Paqui.


        
         Una semana sin Paqui, una semana, pero los que la conocíamos, llevábamos más tiempo sin ella. Dos años. Dos años en los que esa mujer de cabello oscuro, tan bella, bellísima por fuera y llena de furia, energía y vida por dentro, nos dejó. Su corazón cesó de latir, sorprendentemente, el quince de febrero, pero su espíritu ya no habitaba en ella. Una enfermedad lo desalojó a golpe de olvidos. Una de las más perversas enfermedades que existen: El Alzheimer. Aquella patología neurodegenerativa incurable hasta el momento.
         Todo empezó en 2009, tras la muerte temprana e inesperada de su marido. Paqui comenzó “a perder la cabeza”, a tener olvidos tontos,  a no saber cuánto le tenían que devolver en el Carrefour al pagar, a olvidarse de leer, a no ver bien, a confundir el nombre de sus hijos, a olvidar el de sus nietos. Las alarmas saltaron, comenzaron las pruebas y no tardó en llegar el diagnóstico: Paqui, tenía Alzheimer.
         ¿Tan joven? Apenas 67 años. Sí, tan joven. Y la enfermedad la anuló en cuestión de dos años. A menudo trabajo con pacientes con Alzheimer, pero siempre son más mayores y la degeneración a la que se ven sometidos no llama tanto la atención. El caso de ella es el más chocante que he visto, lástima que fuera mi tía. Tía, hija, esposa, madre, abuela, hermana, cuñada, amiga, linarense, etc.  Mi tía era muchas cosas, porque era una gran mujer, de esas que no pasan desapercibidas (y no me refiero en exclusiva a su potente tono de voz), era una de esas que pisaban fuerte, con arrojo, sin que nada se la pusiera por delante. Pero con esto no pudo. Nadie le gana. Ni los medicamentos inhibidores de la colinesterasa, ni el antagonista del N-metil D-aspartato, ni los estímulos, ni los ejercicios, ni la residencias “especializadas” tremendamente caras, ni nada de nada. El Alzheimer derrota sin mucho esfuerzo a todos esos pseudo tratamientos.
         Paqui ya ni hablaba. Apenas se movía. Se caía de la silla donde la sentaban todos los días. ¿Era eso vida? Yo creo que no. Paqui murió tranquila, después de desayunar, sentadita en su butaca, escuchando a Luz Casal, su compañera de cáncer, porque Paqui en estos años, luchó, sin enterarse, contra él y le venció. ¡Y qué demonios! También le ha ganado al Alzheimer, ya que apuesto que su vivaz corazón le desafió diciéndole:
         —Tú no me humillas más. — Y dejó de latir.
         Al final Paqui sí venció la batalla. ¡Olé por ti, Paquita!
         Los que la queremos, la hemos perdido, pero como dice la canción:
         Uno no está donde el cuerpo, sino donde más le extrañan. Y aquí, se te extraña tanto…
         Paqui brindará con su cerveza, junto a Fernando. Él ya disfruta de su “Frasquita”, ya la tiene junto a él. Estoy convencida de que esos nueve pedacitos de ellos que hay en la Tierra, poseen a partir de esa mañana del quince de febrero un terremoto de ángel de la guarda velando por ellos.

         Por ti, Francisca Fernández. Te queremos. Siempre.
                  

        
        
        


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