miércoles, 14 de mayo de 2014

Rosa chillón

Este fin de semana ha sido de locura:
         Tarde del viernes: presentación del libro. Fue genial, pero de tantas emociones dormí fatal.
         Sábado por la mañana: comunión de Elenita, con mucha pena me escapo de la comunión para ir a un encuentro de blogueros que organizaba Satse. Llego tarde, vestida de comunión —más chic que elegante— y me encuentro con un grupo de enfermeros ilustrados, motivados, tuiteros, que saben más de redes que Mark Zuckerberg —el de Facebook— y de enfermería más que Florence Nihgtingale —la mamá de las enfermeras—. Hablo poco; yo soy de pronunciarme pero cuando me siento pequeñita mis labios se acoquinan. Aquellos eran líderes de enfermería, profesionales como la copa de un pino a los que les encanta su trabajo y yo soy una escrito-actriz-enfermera que tiene un blog que se llama Soy enfermera y me enfermo cada vez que lo pienso. Supuse: «calladita estás más guapa, Irene»… pero bueno, al final dije alguna cosita pseudo-interesante y me alegro inmensamente de haberlos conocido.
         Después, cena, viendo Eurovisión. Siempre lo he visto. Impacto total por los cero puntos de Portugal y no te digo nada, por la ganadora, Conchita, la mujer o qué se yo, —ni viene al caso— que llora sin lágrimas. Total, que vuelvo a dormir mal y madrugo para celebrar el día de la enfermería con los compañeros que he conocido esa tarde.
         Domingo voy con varios de ellos a la explanada del Rey y me paseo por los talleres y muestras de lo que es nuestra profesión al mundo. Muy buen trabajo. Nos hacen grabar un vídeo tipo eslogan de enfermería que espero que no salga a la luz porque no sé ni que dije. Parto a mediodía para comer en casa de mis padres, después sobremesa y por fin regreso a mi hogar para prepararme para la noche… porque sí, hago noche.
         No sé si os sucede, pero a mí cuando hago noche me entra sueño a las 21h. El resto de días estoy a tope, pero es tener que trabajar y mis neuronas me piden cama. No pasa nada, me desperté de golpe cuando mis compañeras me informaron, nada más aterrizar, de que íbamos a ser dos enfermeros para los 50 enfermos. Faltaba una enfermera y no venía nadie a cubrirla. En la línea de estos últimos tiempos —las dos últimas noches me ha ocurrido lo mismo—. Cabreo monumental, yo es que soy «muy sentía». Si os preguntáis si alguien vino a echarnos una mano o ni siquiera eso, si alguien se acercó a preguntar cómo nos iba, ya os digo que no.
          Más o menos me apaño —corro como un gamo— y consigo apagar las luces del pasillo a las 24h. Gracias a Dios —y le doy las gracias a Dios, porque esto cada día depende más del cielo—, que las auxiliares de esa noche, eran de lo mejor, desde mi punto de vista, de mi planta. Nos reímos contando anécdotas hospitalarias mientras cenamos —sobre la 1.30— y a partir de las 3, cuando me decidí a «estirar las piernas», comenzó el desfile. Oímos gritos en el hall. Fuimos… no había nadie, pero sospechamos que eran de una paciente psiquiátrica que está obsesionada con las pulseras y los bolis. Cuando regresé a «estirar las piernas» me emparanollé con que dicha paciente iba a aparecer en la oscuridad y me iba a intentar lesionar con uno de los millones de bolis que posee; ni mi libro de Bridget Jones logró extirpar esa visión de mi amígdala —zona del cerebro que provoca el miedo, o eso dedujeron en un estudio de la universidad de Iowa—.
          Después sonaron como 3 o 4 timbres por asuntos varios: dolor de pierna, de tripa, de que he tenido una pesadilla pero ya se me ha pasado, de que me meo, de que me vuelve a doler…etc.
         Pero a las 4.45, suena el timbre de la noche, ese que te hace poner cara de emoticono, el timbre que te impacta, el que cuentas al día siguiente en casa… el que cuando vuelves a ver a ese paciente, te entran ganas de decirle que fuiste tú la que cogiste ese timbre.
         —¿Sí? ¿Qué le pasa?
         —¿Puede venir la enfermera?
         —¿Por qué, qué le sucede?
         —Es que estoy preocupada, mi madre tiene calor.

         Yo llevaba sudando toda la noche. Pero se ve que ese familiar se dio cuenta a las 4.45 de que estamos acercándonos el verano y las noches son muy calurosas. No pasa nada. Si hay que ir, se va. Allí con cara de preocupación aparecimos la auxiliar y yo para ponerle el termómetro. Nos encontramos a la propietaria de la voz timbrosa que solicitaba el rescate, sentada lejos de su madre, con un almohada de esas que se ponen alrededor del cuello en los viajes largos, rosa chillón, con sus piernas estiraditas —así las quería tener yo— y con unos casquitos puestos. Directamente le preguntamos a la paciente.
         —¿Qué le pasa Pepita? ¿Le duele algo?
         La mujer, con una caraja de recién despertá contestó sobresaltada:
         —No.
         Entonces la del cojín rosa interrumpió.
         —Mamá, tenías calor. —Nuestras miradas fueron hacia ella; eso sí, no puedo garantizar qué tipo de miradas porque yo creo que se vio obligada a proseguir con tono excusa—: Es que mi madre no suele tener calor.
         —¿Pero le duele algo Pepita? —instó la auxiliar.
         Está demostrado que si te preguntan varias veces si te duele algo, al final encuentras un dolorcillo que te anda rondando. Eso le pasó a Pepita, que de tanto insistirle nos contestó:
         —Bueno, tengo la nariz un poco taponada, como tengo el oxígeno puesto… y tengo calor.
         —Normal, Pepita, es que hace mucho calor esta noche. No te preocupes —respondí.
         En ese momento el termómetro pito: 36.4º.
         —No tienes fiebre —y dirigí mi discurso hacia la del cojín con pocas luces—. No te preocupes. Es normal, yo también tengo calor.
         —Gracias.
         Apagamos la luz y marchamos, con la sensación de haber salvado una vida…
         —¿Y cuándo tiene calor en su casa, llama al 112? —le cuestiono con sorna a mi compi.
         —Sí, y le llevan un ventilador —responde con más sorna aun.

         Los timbres continuaron sonando, como es habitual en este servicio, pero al menos cuando me fui para mi casa me alegré enormemente de que los bolis siguieran en el estuche de su dueña, de que yo tuviera toda la mañana para poder estirar las piernas en mi camita como Dios manda y de que mi cojín para vuelos fuera azul marino.


         

2 comentarios:

  1. Es evidente Irene. Tienes mucho que decir, sábes cómo hacerlo y es evidente que ganas de expresarte tampoco te faltan. Por lo tanto se deduce...que tienes que hablar. Así, como sabes, como te sientes cómoda.
    Gracias por tus referencias a los enfermeros blogueros. Opino de ellos y ellas lo mismo que tu. Y reconozco que yo también estaba así, sintiéndome pequeñita y un poco temblona. Pero también me alegro de haberos conocido y de seguir en contacto.
    Ahora ya sabes, lo que necesites, pide. Yo te sigo y te leo. Y trataré de colaborar contigo en lo que pueda.
    Un abrazo Irene. Estabas guapísima y elegante. Los dos días que nos vimos. Las fotos no mienten.

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  2. Jajajja! Eres un ejemplo a seguir, te lo digo de corazón. Tus ganas, tu entusiasmo y tu motivación ya las querría para mí. Un beso fuerte.

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